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Concursos ¡A jugar!

4 noviembre, 2011 by Miguel

La popular forma del concurso publicitario ha llegado al extremo con la aparición de páginas en internet (permitidme que las calle) en las que cualquiera puede insertar su oferta y obtener cientos de propuestas gratuitas a ver cuál te gusta más. Es una forma barata de conseguir una buena idea y, por qué no, de mantener ocupados y engrasados a la legión de creativos y diseñadores parados con que nos ha obsequiado esta falta de cabeza secular llamada crisis, que solo espera que mejoren las cosas para volver a las andadas.

Como no quiero entrar a juzgar la gestión de las empresas privadas —Alá me libre— solamente diré que cada cuál obtiene lo que paga y que la publicidad es algo más que una idea afortunada en un momento concreto. Sin embargo, sí juzgaré el uso que hacen de los concursos las empresas y organismos públicos, ya que su más que mejorable gestión es financiada por todos. Así que haré la crítica destructiva propia de los socios.

En primer lugar, no critico los concursos como forma de selección; lo que encuentro absurdo es que cada iniciativa individual de tal o cual organismo sea sacada a concurso. La imagen corporativa no es como las obras públicas: Todas las acciones en conjunto deben perseguir un fin común de comunicación a medio y largo plazo, además del corto. Por ello sería mucho más provechoso un concurso de méritos o de propuestas del que saliera la elección de una empresa a plazo fijo (un año o dos) encargada de llevar a cabo una serie de objetivos. Estos objetivos serían determinados previamente (plan de marketing o de publicidad) o podrían formar parte del concurso en sí y cada necesidad puntual de comunicación sería atendida de acuerdo con esos criterios. Y en los casos de necesidades concretas y puntuales, un concurso remunerado más o menos restringido en función del presupuesto y las necesidades, dejando las convocatorias abiertas, que de todo ha de haber, para estudiantes y aficionados.

No hace mucho recibí una invitación a un concurso abierto a todo el mundo (literal) para realizar la imagen gráfica de un museo de titularidad pública en el que solicitaban el trabajo completamente acabado: Nombre, logotipo, desarrollo de aplicaciones y manual de identidad gráfica corporativa. Total, un trabajo que, para hacerse bien, llevaría meses de trabajo a un equipo. Además, ¿qué sentido tiene hacer la imagen completa cuando quizás el nombre puede ser descartado a la primera de cambio?
Pero, lo más importante, ¿pueden las administraciones hacer el ejercicio de despilfarro social que supone tener a decenas o cientos de candidatos trabajando todas esas horas para acabar tirando el 99% del trabajo a la basura? Me pregunto si tras la supuesta democracia de la fórmula no estaremos escondiendo la falta de criterio o preparación de los responsables del museo.


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